Introducción

Detalles de la Crema

En este propósito de hacer las cosas bien, el camino no ha sido fácil, la mayor parte de mi vida la he dedicado a prepararme, tanto dentro del país como en el exterior, principalmente en Italia, en donde tuve la dirección personalizada del Profesor Franco Citterio, un científico de primera línea de la universidad Católica del Sacro Cuore de Roma, y de otros profesores como Giani Ghirlanda, Capputo, Gregorio Cina, Castagneto, Tacchino, Nani. Los conocimientos impartidos por ellos fueron la base para iniciar el proceso que ha dado como resultado los avances científicos de los cuales expongo algunos en esta página Web.

 

Particular reconocimiento hago al IILA (Instituto Ítalo-Latino-Americano) por la beca que me otorgó para  financiar mis estudios en Roma, sin éste apoyo posiblemente nada hubiera iniciado.

 

A mi regreso de Italia en diciembre del 2000, inicie los estudios de las plantas, convencido de que en ellas encontraría la respuesta para solucionar el problema de los diabéticos, al menos en lo que a las heridas por pié diabético se refiere.

 

Ellas a diferencia de los animales, son reservorios de  moléculas que en muchos de los casos no les sirven para nada, y están allí en espera de que los investigadores las identifiquemos, aislemos y las pongamos al servicio de la humanidad.

 

Fue eso lo que yo hice, tras un largo periplo de 6 años de investigación, identifico las plantas que al manipularlas y mezclarlas dieron como resultado las fórmulas HIDYT con las que se elabora las crema de igual nombre.

 

Inicialmente nadie creía en mí, tantas veces vi el rostro de preocupación de mis familiares porque debieron soportar conmigo epítetos de loco, brujo, charlatán, entre otros, inferidos contra mí por todo tipo de gente y entre ellos los mismos médicos; pero como dijo un pensador “Los grandes son considerados locos hasta que sus ideas comienzan a dar frutos”, ya son varios los años en los que los frutos de esas investigaciones se han hecho ver, permitiendo un récord de más de 8000 pacientes sanados.

 

Mi intención nunca fue la de convertirme en un médico afamado, sino la de servir y dar soluciones a problemas que en muchos casos son lancinantes; por eso rehuía a las insinuaciones de periodistas de mi provincia que me insistían para que diera a conocer a la comunidad mis logros, hasta que un día accedí y en un solo día di entrevistas a la radio, televisión, y prensa escrita, convirtiéndose en un boom.

 

A propósito, tantas veces me he preguntado si en verdad lo que inventé valió la pena, o estoy exagerando, pero al ver todos los días pacientes que vienen de diferentes hospitales y clínicas de diferentes ciudades del Ecuador con tratamientos de lo más diversos, me convenzo de que valió la pena tanto esfuerzo, cuando a los pocos días de iniciar a aplicar la crema los resultados son diametralmente mejores.

 

Tuve miedo que dado a conocer mis logros, alguien los intentara plagiar, pero además sabía que mis resultados no eran concluyentes y que debía continuar los estudios para la acreditación científica de su eficacia y seguridad, entonces buscando apoyo me dirigí a la Facultad de Medicina de la Universidad Central del Ecuador en donde hablé con el Dr. Edmundo Estévez que en esos momentos era Director del Departamento de Bioética de la Universidad Central.

 

Él fue uno de mis profesores, en el estudio de la carrera médica, y con mucho afecto me recomendó tomar las previsiones del caso contra el robo de autoría y me recomendó hablar con ciertos investigadores de la facultad de Química de la U. Central con quienes hablé varias veces pero nada prosperó, en todo caso los nexos con él han sido y siguen siendo valiosos.

 

 

Considero al Dr. Estévez mi mentor del proceso de patentación del invento, por sus palabras, “No es justo que esto se quede para el servicio exclusivo de tus pacientes, debes ponerlo al servicio de toda la humanidad”.

 

Previo al contacto con el Dr. Estévez había hecho conocer de mis avances al profesor Franco Citterio, él hizo conocer del particular a las autoridades de la Universidad Católica de Roma y por su intermedio se me invitó para que viaje a Roma a continuar las investigaciones allá.

 

En septiembre del 2010 viajé Roma, pero no sintiéndome satisfecho de los términos en los que debía darse mi relación con la Universidad, decidí volver a mi país, pero en los 4 meses que permanecí allá tras largas jornadas de investigación en solitario cumplí con los requisitos para la patente italiana. Durante el  2012 continué con mi Oficina de Patentes en Italia los trámites y estudios para la Patente Mundial, consiguiéndola, y en la actualidad estoy en la etapa de extensiones de patentes para diferentes países. Todo este proceso ha significado para mí y mi familia mucho esfuerzo.

 

Debo agradecer enormemente a mi esposa Aracely porque ha tenido toda la paciencia para soportar mis ausencias y apoyarme incondicionalmente en esta aventura de científico.

 

Pero como el conocimiento es infinito, mis investigaciones no han parado, invento y descubro nuevas cosas, nuevas técnicas y planteo nuevos conceptos y términos que van definiendo y perfeccionando mi técnica siempre al servicio de mis congéneres.

 

Con este invento me estoy convirtiendo en el primer médico ecuatoriano que logra inventar y patentar un invento a nivel mundial, pero aquí en el Ecuador aún no entienden la dimensión de esta hazaña.

En el 2009 en los Estados Unidos se patentaron 43 inventos, de los cuales el 90% correspondían a empresas privadas, el 7% a Universidades, y el 3% a personas naturales, lo que significa no más de una persona. El 2010 yo en  solitario haciendo las veces de empresa privada, Universidades,  Estado y de persona natural, patento este logro. Cabe anotar que mi patente representa el 98% de patentes  ecuatorianas, por la simple razón de que en nuestro país o no se hace investigación, o no se patenta. No se debe olvidar el tamaño de los EE.UU que integra 50 estados, cada uno más grande, con mayor población y mayores recursos que el Ecuador y tan sólo hubieron  47 patentes  en ese año.

 

Todo lo hice solo, fueron muchas las veces que solicité apoyo económico para continuar mis investigaciones, al gobierno, a los laboratorios farmacéuticos, a la empresa privada, a los bancos, a la misma Corporación Financiera Nacional; a través de la prensa en las múltiples entrevistas y reportajes que se me han hecho, o por oficios y visitas personales; pero nunca ha habido una mano amiga que haya creído en mi proyecto, unos escépticos, otros presumidos y otros pensando sólo en el provecho que pudieran sacar.

 

Al final entiendo que poco les interesó la suerte que pudieran haber corrido los miles de pacientes que he salvado de la amputación.

 

La idea de patentar en Italia surgió por la negativa del IEPI (Instituto Ecuatoriano de Propiedad Intelectual) que no consideró este logro como un invento.

 

El camino aún es largo, y siempre será bienvenido cualquier apoyo, principalmente económico para continuar las investigaciones que me permitan cumplir con todos los requisitos para sacar las cremas al mercado, y construir el instituto de Diabetología en el que se pueda dar una atención integral al paciente diabético, con el que siempre he soñado.